Con una prosa violenta, el uruguayo Gustavo Escanlar retrata la ciudad lumpen.
Por Guido Carelli Lynch
Borges, solemne como declaraba y pensaba el misterioso oficio de escribir, dijo alguna vez que quien encuentra un tono halla un destino. El uruguayo Gustavo Escanlar, lejos del empalagoso fatalismo de los grandes escritores rioplatenses, encuentra en su séptimo libro y el primero editado en la Argentina, uno muy particular, violento y tan veloz que ya en las primeras páginas parece insostenible. Sin embargo, logra mantener la voz frenéticamente coherente del narrador lumpen a lo largo de las cien páginas de su nouvelle, la misma con la que le paga al lector con algunas pequeñas dosis de introspección existencialista traducidas en metáforas que sólo logra la calle.
La prosa y el argumento de La alemana logran seducir a aquellos lectores que, de tanto en tanto, ingresan a la literatura por una puerta lateral, aquellos que son un poco más jóvenes y más vírgenes de lecturas.
La protagonista de la novela es Gala, emigrante alemana, mujer autosuficiente y fálica, administradora de un puticlub, rodeada de una corte de narcos más y menos pesados, policías corruptos, todos oscuros pero simpáticos, todos demasiado vivos, porque siempre andan tentando a la muerte. No obstante, la verdadera heroína resulta la ciudad de Montevideo: el escenario donde transcurren todas las acciones, las relevantes y también, las transiciones maquilladas de divergencias que logran mantener el ritmo, doblando la apuesta y el suspenso. En los barrios marginales de la capital uruguaya, que el autor conoce y tan bien refleja, se aprecia otro ejercicio gozoso para los lectores y es cuando se compara esa ciudad con las de Onetti, Benedetti o Galeano. Pero en la ciudad de Escanlar no hay lugar para el fondo gris montevideano, para los estereotipos, para el carnaval o el candombe, porque la tradición se convierte en un ”verso para turistas”. Este autor, participante en más de una de las antologías de una generación latinoamericana orgullosa de su “disgregación
germinal”, de su multiplicidad de estéticas, que a veces se confunde con anomia, encuentra una voz propia en el registro sucio de La alemana. Ese es quizás su mayor acierto, el que ayuda a sostener el tono, recuerda a Cucurto y obliga a preguntarse cómo se leerá este libro dentro de 25 años.
La alemana
Gustavo Escanlar
Factotum ediciones 2009










.jpg)