Cómo garchar contra la heladera por el culo con manteca sin que queden pendejos en las tostadas de la mañana.Luis Mey
Estaba tratando de relajarme. No quería estar ahí, por bueno que fuera para mí todo eso. Era algo que me pasaba todo el tiempo: no querer estar. Se me quebraba el labio y me subía el asco por el cuello.
Presentaba mi segundo libro, Las garras del niño inútil. Lo había escrito a la vuelta de los viajes en tren y colectivo de las once de la noche. Lo iba recordando, porque no tenía nada de ficción. Me había olvidado de casi todas las locuras de mi viejo, de cuando exorcizaba a mi hermano, de cuando le vaciaba los tallarines calientes en la cabeza a mi hermana, frente a todos.
Bueno, ya estaba escrito, al fin. Era una novela. La gente la compraría, diría cosas, incluso; con suerte, lo comentaría en sus cenas o en la cama para evitar coger al marido o coger a la esposa. Serviría para algo. O no. Pero yo había estado ahí alguna vez. Esa era mi vida. Incluso la parte del perro en que el viejo lo echa porque, si no, nos mataba a todos. Era real. A nadie le importaba demasiado, y me excitaba la idea. Pero si servía para evitar embarazos, yo estaba contento. Aunque era mucho pedir.
La Negra, Elizabeth Vernaci, por suerte, había aceptado colaborar con su refinadísimo lenguaje a que el libro de la editorial, mi texto, se vendiera mejor. Yo no. La gente me mira con desconfianza.
Yo no tenía nada que hacer ahí, pero, aun sin sentir en absoluto que pudiera colaborar en algo, ahí me quedaba. Lo mío era escribir o charlar en privado. Pero estaba ahí parado.
Factotum, la editorial, había puesto plata en eso. Y creía en algo: en mis textos, cuando nadie había creído. A mí mismo me había convencido de ellos.